Un llanto atragantado

Ayer vi la película “La voz Dormida”

Y ayer cuando terminó lloré.

Pocas veces una película consigue ese sentimiento en mí. Ésta vez era un gran desconsuelo y un vacío en mi interior que sólo se llenaba con una gran pena. Una gran pena por lo que dicen varias veces durante la película, “Ésta guerra no tenía que haberse producido”

 

Mi llanto y mi pena fue en el recuerdo de mi familia, que como supongo, todas sufrieron de una manera u otra el tormento de los bandos enfrentados. Pero mi familia, como para uno mismo, era diferente.

 

Ella se llamaba Amparo, era mi tía abuela morena y guapa como buena jienense. Su hermana, mi abuela, se llamaba Consuelo, morena y de ojos azules con un gran pelo que se recogía en un coco sobre la nuca.

Aunque tenían dos hermanos varones, ellas dos se amaban como sólo dos hermanas unidas por la miseria de aquellos tiempos se podían amar.

Toda mi familia era republicana y apoyaron abiertamente sus derechos como ciudadanos, (no como súbditos bajo el lecho de una monarquía).

Mi abuela estaba casada y cuidaba de sus padres, que desde hacía ya bastante tiempo se acogieron en Málaga desde Jaén buscando un porvenir mejor para todos los suyos.

Mi tía abuela enamorada de un republicano huyó por la carretera de Almería bajo los cañonazos de los barcos que a sabiendas que eran civiles los que por ahí escapaban, no tuvieron contemplación y no dejaron de mandar una constante lluvia de misiles.

Málaga fue invadida por las tropas africanas del Generalísimo, en los que dos hombres entraron en el corralón donde vivían mis abuelos buscando a la recién huída.

Tras una gran carrera contra el tiempo y constantemente perseguidos, Amparo logró llegar a Valencia. En los puertos de la ciudad tuvo una pequeña oportunidad pero todo estaba perdido.

Los dolores de parto acudieron a sus entrañas y dio a luz a su hija.

Días antes el amor de su vida, de sus ideales y de su lucha murió a manos de sus perseguidores. Y algo en su interior se rompió.

Con el alma partida por trozos que jamás se volverían a unir, entregó su hija a un camarada que se encargaría de entregarla a su hermana en Málaga para que ella fuese su madre. Y ella, cansada de la vida, cansada de la muerte; continuó luchando por la libertad.

Mi abuela recién parida alimentó a su hijo y a su nueva hija, convirtiéndose en su tía, en su madre y en su mundo.

 

Lloré al recordad los grandes ojos azules de mi abuela, llorar.