Se iluminaron con una lámpara, que miraba castigada hacia una pared. Ocultaban lo que eran, lo que fueron; lo que serían.
Se conocían bajo cuatro llamadas para indicar donde quedarían y cómo iban a ir vestidos. Dejaban en penumbra la desnudez bajo las sábanas y la ropa atropellada en el suelo.
Se hacían los amantes bajo un lecho de cama desvirgada por el aroma de otras personas que ya pasaron por aquel colchón de gemidos de gato sin falo.
Acordaron hacerse los dormidos, para saber que se sentía antes de un sexo de preacuerdo. Y con pantomima fingida se enredaban en sus mismas verdades. Que ni uno era tan experto y que el otro arrastraba soledades.